Facebook

La Plata, 20 de Septiembre de 2020
Cielo Claro, Temperatura: 18°
EditorialEl mundo

Allá la inyectan, acá la toman

 

Donald Trump, presidente de la principal potencia económica y militar del mundo,  sugería en una alocución en abril de este año inyectar desinfectante como método paliativo contra el COVID-19, en uno de los momentos mas álgidos del pico de contagios en los Estados Unidos.

Las reacciones no se hicieron esperar: por un lado, la perplejidad por lo irrisorio de la propuesta, con cierta cuota de gracia devenida del absurdo. Por el otro, y no tan hilarante, la peligrosidad de semejante declaración, dado el peso que su investidura le confiere a cada mensaje que pronuncia en los medios masivos de comunicación.

El día de ayer, en el programa televisivo que conduce, Viviana Canosa toma en vivo dióxido de cloro; un compuesto utilizado como desinfectante en distintos ámbitos de la industria y los servicios.

Personalmente no miro televisión, y si algo quiero para los medios en los que participo es que no den cabida a las «noticias» devenidas del mundillo farandulero. Puede sonar hipócrita de mi parte adoptar esta postura y estar escribiendo sobre lo que hizo Canosa en la televisión, pero la cuestión va más alla.

Punto uno; no hay estudios que avalen la efectividad del dióxido de cloro como método preventivo o como tratamiento ante el coronavirus. Si bien la conductora es libre de hacer de su vida y su salud lo que quiera, debería considerar la responsabilidad que porta al estar al frente de un medio masivo con alcance a miles de hogares de todos los sectores socioeconómicos.

Punto dos; lo de Trump fue hasta gracioso, pero ayer no tuvo gracia. La misma irresponsabilidad subyace en ambos casos, y ahora percibimos que se descubre en nuestros comunicadores autóctonos.

Punto tres; ¿queremos este tipo de «periodismo»?. Entiendo que informarse adecuadamente lleva tiempo y esfuerzo, mas aún con la proliferación de las fake news. Pero como consumidor de noticias-entretenimiento-debate, formato  que evidentemente reviste interés para los televidentes argentinos, ¿no se debería pretender un mínimo de responsabilidad informativa?. Puedo conceder también que sea un mero entretenimiento, una forma de escapar un rato del agobio de la rutina, más en horas donde el cansancio se hace carne luego de una jornada extensa. Pero incluso en el entetenimiento, ¿no es aplicable la misma exigencia? Si bien son debatibles los sí y los no de la televisión circense y el espectáculo, no dejan de ser productos masivos, que tienen además la pretensión de informar.

La palabra final la tiene por supuesto el consumidor-espectador, cuyo control remoto le confiere la potestad de elegir entre el finito número de opciones que se le ofrecen; o incluso apagar el aparato -pequeño placer injustamente infravalorado-.

Soy de la idea que muchas veces no se pueden cambiar las lógicas de funcionamiento de ciertas estructuras, pero no por eso resigno la potestad de elegir. La disponibilidad de información y entretenimiento es hoy más grande que nunca, aunque muchas veces debamos romper la circularidad que proponen los algoritmos que tan finamente nos perfilan.

Quede entonces inaugurada esta sección editorial con más interrogantes que respuestas. ¿Debemos pretender mínimos de responsabilidad y ética profesional en la comunicación? ¿Vale todo en el juego de intereses de la información? ¿Podemos como lectores/espectadores generar un cambio en los modos de aquellos que pretenden informar (o que simplemente nos ponen delante de una cámara)?. Desde este medio puedo dar fe que se trabaja para dar respuestas desde los estándares más altos que nos podamos aplicar.

Gracias por tomarte el tiempo de leernos; y cuidado con los profetas del desinfectante. Ya están entre nosotros.