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MIGUEL ZAPATA

Conocé al empleado municipal más querido de La Plata

Por: Agustina Tittarelli

Miguel Zapata deambula cada mañana desde hace 34 años por los pasillos del Palacio Municipal, atento a cualquier necesidad que pueda tener un concejal, a cada desperfecto que no tardará en arreglar y a cada pequeño detalle: nada se le escapa. Con su honestidad y naturalidad, se ganó la simpatía de todos los arcos políticos. Es por ello que, en la sesión que se llevó a cabo el pasado miércoles en el Concejo Deliberante, el ahora Jefe de Departamento de Mantenimiento, Maestranza y Servicios Generales fue homenajeado por el cuerpo de ediles en el marco del Día del Empleado Municipal.

En lo que hace poco más de dos años era un depósito, en lo más alto del Palacio Municipal, Miguel lleva a cabo su labor diaria. Todo pasa por él: desde el arreglo de una canilla que gotea, hasta la responsabilidad de que no falte nada en cada sesión que lleva adelante el el cuerpo legislativo local. Con más de treinta años, ha atesorado innumerables anécdotas, amistades, momentos cómicos y sinsabores, que guarda en su memoria.

En lo alto de una de las paredes de la austera oficina de mantenimiento, cuelga una pintura hecha a la tiza en la que se ven caballos tomando impulso para correr. Le apasionan. «Mi papá era jockey, corrió hasta los 56 para una caballeriza muy importante que se llamaba ‘El Peludo’. El dueño era Falabella, el que inventó los caballitos enanos al cruzar ponis con caballos corrientes; me regaló uno que era tobiano, blanco y negro», cuenta.

 

 

Creció casi sin conocer a su madre, que falleció a sus apenas dos años de edad, en el seno de una numerosa familia de Tolosa. De ella heredó el amor al peronismo, cuya ideología abraza hasta el día de hoy. Pese a su preferencia partidaria, en el municipio siempre mantuvo las formas: «En el trabajo no veo el color político: a los 24 concejales los tenemos que atender las 24 horas y con la misma predisposición. No tenemos distinciones, lo que nos requieran hacer lo hacemos y siempre con muy buena onda, como tiene que ser».

En el anafe, Miguel calienta una pava de aluminio para hacer café: sin importar de quien se trata, siempre recibe gente con un vasito. En el medio de la oficina, hay una amplia mesa con varias sillas en cuyo centro se encuentra dispuesto un sencillo azucarero. En uno de los extremos, hay una computadora de escritorio en la que redacta las actas que luego le lleva a la presidenta del Concejo, Ileana Cid, y en las que denuncia el faltante de lámparas, picaportes, papel higiénico y otros elementos, situación que sucede casi a diario.

«Tengo todo detallado, tengo el bibliorato de todo lo que se roban. La gente no cuida, no le importa, pero sí critica», asegura el Jefe de Departamento, y al mismo tiempo agrega: «Después sale en el diario que no hay jabón, que no hay papel, no hay alcohol en gel, y es mentira, porque Ileana compra todo. Yo se que hay gente que lo hace para perjudicar a la gestión de turno».

En el otro extremo de la oficina se encuentra la mesa de trabajo, que está repleta de frascos que antes estaban en la estantería que está arriba y que se rompió. «Tengo dos chicos a cargo que son cerrajeros profesionales, reparan y colocan aire acondicionado, son electricistas y gasistas. La mano de obra la tengo, lo que no tengo a veces es el material», indica. «El techo ya lo vamos a cambiar. No me gusta que se vea así», señala, en dirección a las manchas de humedad, y añade: «Soy loco de la limpieza, del orden, de todo. Como soy en mi vida soy acá«.

 

Miguel, en su mesa de trabajo

 

Además de perfeccionista, Miguel es hiperactivo: deambula por los pasillos del Palacio, mirando que nadie tire el agua caliente de los termos a las plantas que él mismo trajo de su casa. «Tengo que poner carteles, porque ya me mataron un par así. Lo mismo para que no tiren yerba en las bachas de los baños», rezonga.

«Con el tema de la pandemia estuve un mes sin venir, ya no daba más encerrado en el departamento. Para mí venir acá es un placer, quiero y disfruto todos los días mi trabajo«, confiesa, y precisa: «Siempre, toda la vida, me levante a las cinco de la mañana. En horarios normales llego a las 7 acá, pero ahora con la pandemia cambió y estamos viniendo tres días por semana con los chicos. De todas maneras yo vengo todos los días por si necesitan algo».

El galardón, que le fue otorgado por unanimidad por los concejales, lo sorprendió. Lo toma como un reconocimiento al trabajo, la predisposición, la buena onda con ellos y la honestidad. «Mi padre siempre me dijo: ‘ojalá que la palabra que siempre digan de vos, es que sos buen tipo’; decirle a una persona que es buen tipo abarca todo, a veces no lo quiero decir pero sí, soy un buen tipo. Me preocupo por todo y soy honesto, si no lo hubiese sido por ahí ni siquiera estaría acá, estaría en otro cargo mucho más importante», reflexiona.

 

 

Y esa misma honestidad es la que no le permite hacer la vista gorda frente a las injusticias que se topa a diario. «Yo se que hay quienes se aprovechan de la necesidad de la gente y lucran con eso. A mí  me da mucha pena, y a veces tristeza, porque es gente de condición humilde, que tiene poca preparación y que veo que los llevan, les dan un plan y los amenazan», lamentó, y dijo: «Yo lo se porque lo he visto. Desgraciadamente no puedo denunciarlos porque estoy en funciones, pero el día en que ya no esté acá lo voy a hacer, con nombres y apellidos».

En cuanto a sucesos insólitos que ha presenciado a lo largo de estos años, destacó, sin dar nombres: «Vi a concejales pegarles a otros concejales; vi a una mujer tirarle dos tiros a un concejal; vi a dos concejales sosteniendo de un pie cada uno a una mujer por la ventana para tirarla porque había votado en contra del peronismo, que después fue diputada nacional». Miguel, sobre todo, es un gran confidente.

Detrás del hombre adicto al trabajo que viste siempre a la moda, también hay un gran amor por la familia. «Ahora mi pareja no está conmigo porque se quedó varada en Londres, vivimos juntos un año y medio antes de que se fuera, porque como la familia tiene un drugstore ahí en Londres se fue a trabajar allá y la agarró la pandemia. Mi suegra está en Madrid, también encerrada; mis hermanas están en  la misma, en Chicago, este virus separó la familia», se lamenta, con la esperanza de que pase pronto.

Sembrando simpatías, antipatías y otros sentimientos, Miguel Zapata es, sin duda, el empleado municipal más querido de la capital provincial. El homenaje que el Concejo le brindó así lo refleja: afirma que, cuando se retire, publicará un libro con sus memorias donde, además de denunciar las irregularidades vistas a lo largo de su servicio, también expondrá memorables anécdotas.

Miguel Zapata recibe el galardón. FOTO: Concejo Deliberante de La Plata.